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  07.12.2006

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Jugadores del pintos y ajedrecista Duchamp RINCON LITERARIO  : Vea
 

 

PensadorFRANCISCO JAVIER MESA RAMÍREZ

LA AVENTURA DE BENIGNO Y UNOS TALES AMORES

Un cuentista y poeta de gran vuelo

Encontrar, degustar, apreciar y libar una buena literatura, es uno de los mayores placeres que tenemos los seres humanos.

Francisco Mesa, cuentista, poeta y ajedrecista antioqueño.Francisco Javier Mesa Ramírez, oriundo de Santa Rosa de Osos, nacido un cinco de julio,  Contador graduado de la Universidad Autónoma Latinoamericana, Asesor contable de importantes empresas de la ciudad, ex docente de bachillerato, ex catedrático aniversario, nos deleita con un extraordinario cuento, BENIGNO, EL PROFESOR A QUIEN NO LLAMÓ EL COLEGIO,  como preámbulo de una serie de impactantes poemas.

El fiel amor a su familia, a sus amigos, al ajedrez, se desliza también al fantástico mundo de la literatura,  a la que le ha dedicado una buena parte de su vida, acariciándola, creándola, recreándola y compartiéndola,  como buen contertulio, cuentero y declamador.

En este, su primer cuento, narra con crudeza, ingenio, brillantez, ironía y buen humor, las peripecias de Benigno, encarnación de los miles y miles de maestros que buscan dar lo mejor de sí pero que tropiezan con los abusos y malabares  de los traficantes de la educación.

Además, nos trae una serie de bellísimos, simpáticos y concienzudos poemas de gran caletre y versatilidad, visión social, romántica, sarcástica, irónica, satírica y con los pies bien puestos en la tierra.

Entremezcla en sus poemas, lirismo,  suspicacia,  humor, cual fino ajedrecista en búsqueda de las líneas de juego y las variantes más valiosas en la conquista del triunfo, el éxito, a través de la lucha y el esfuerzo constante, permanente y nítido.

 

Poemas como A FERNANDO LÓPEZ, revela un tributo de amistad, admiración y reconocimiento a uno de los mejores contertulios de nuestra tierra paisa, lleno de emotividad, adentrándose en las fibras más profundas de su personalidad y de su perfil de pensador y filósofo:

“Eras carcajadas, disertador, maestro del diálogo, y excelente mamador de gallo”

Portada del libro del poeta y ajedrecista RamírezPoemas como EN TI, SÍ, CAISSA, rinde homenaje al maravilloso y mágico mundo del ajedrez, del que se considera amante incondicional: 

“Cuando jugamos al ajedrez,
Descubrimos el genio de la inmortalidad,
El espíritu que se revuelca
En violenta batalla por alcanzar la presea.

Es la ilusión de la meta,
Y es la fantasía irrigada
Por el inconmensurable mundo del éxito”.

Es duro y demoledor en su  poema PROTAGONISTAS DE NOVELA CUARENTA Y NUEVE, en donde devela y denuncia la bajeza de los manidos “realities” televisivos.

Es, pues,  un honor presentar su primer libro. Muchos más vendrán.  Seguro que serán del goce y disfrute de los lectores quienes son,  en definitiva,  los jueces por excelencia del arte, la creatividad y la inspiración.

En fin, los dejo para que pasen adelante y se contagien de estos senderos del trajinar itinerante,  poético y cuentístico,  de nuestro muy conocido y apreciado Pacho Mesa.

Roberto Bustamante Vélez
Licenciado en Filosofía y letras, UPB
Magister Sociología de la educación, U. De A.

Informes y pedidos del libro

 

 

PensadorDIEGO FERNANDO CAÑAS
Por: Roberto Bustamante Vélez

Fue su pasión el ajedrez. Su tío Manuel se lo enseñó desde muy pequeño. Sus otros dos  grandes amores fueron su familia y sus amigos.

Simpático,  cariñoso, tierno, con esa dulzura de quienes lo esperan todo de la vida pero tenía leucemia.

Hizo parte del grupo de talentos de la liga de ajedrez de Antioquia, en 1989.

Con el deterioro físico normal de la enfermedad, llegó a comprender y aceptar que padecía una enfermedad terminal. Hasta su lecho de enfermo,  fue el maestro Emilio Caro a jugar ajedrez, el cual  disfrutaba mucho en medio de sus retorcijones, inyecciones de control de dolor y trasfusiones de sangre.

Tenía nueve años, en 1989, cuando murió. Canta el poeta Pacho Mesa:

El tónico de vida fugaz se fue muy lejos
A coronar peones o acariciar trebejos.

AL NIÑO DIEGO FERNANDO CAÑAS

Ahí, tus tres amores lloraron por tu ausencia:
Tu familia, tus amigos y el juego  escaqueado.
El tónico de vida fugaz se fue muy lejos
A coronar peones o acariciar trebejos.

La dama del tablero, cual símil de la vida,
Te acompañó nostálgica.
Era era tu madre.
Y el monarca,  tu padre.
Tu hermano,  un alfil
Que expectante miraba el desenlace.

A ti, como a todos los niños del planeta,
Te dedicamos ese poema inmenso:
“A  todos los niños que juegan ajedrez”

Permaneciste poco en el camino de la vida,
La perdiste muy pronto como en las aperturas,
Pero perenne quedará tu recuerdo.

FERNANDO LÓPEZ
Por: Roberto Bustamante Vélez
Considerado por muchos el mejor conversador del mundo. Sardónico, siempre con la respuesta irónica y oportuna ante cualquier desliz lingüístico de sus contertulios, gran lector y excelente amigo. Fue Míster Colombia juvenil en físico-culturismo, 1965.

Luego del nacional de ajedrez de Bucaramanga, se encontró sin empleo y empezaron su problemas familiares,  que lo llevaron a ser echado de la casa. El divorcio y abandono de su mujer  lo afectó tanto que tuvo físicamente que vivir en la calle. Sus únicos alicientes de vida fueron sus amigos, el ajedrez y el canto.

Se horrorizaba al ver al pueblo aclamando a los políticos explotadores.

En medio de sus típicas y sonoras carcajadas, le decía a Pacho Mesa: “Cuando me muera, me llamas”.

En su corta lista de teléfonos, al morir, se descubrió una nota que decía: “Díganle a Pacho Mesa que yo me fui de este mundo”.  Y así lo recuerda el poeta:

Para el tiempo del ajedrez,
Todo lo fuiste.
Para el espacio en el tablero,
Lo fuiste todo.
Para el movimiento de los trebejos,
El universo encaminó tu mano.

Eras carcajadas, disertador, maestro del diálogo,
Y excelente mamador de gallo.

Francisco comparte con Roberto Bustamente, prologista de su libro

 

A  FERNANDO LOPEZ
(In  memoriam)

Para el tiempo del ajedrez,
Todo lo fuiste.
Para el espacio en el tablero,
Lo fuiste todo.
Para el movimiento de los trebejos,
El universo encaminó tu mano.

La velocidad de tus jugadas,  rápidas y lentas,
Eran la circunferencia, principio y fin,
La reflexión, un monólogo.

Fuiste Segismundo de Calderón de la Barca,
Fuiste Hamlet de Shakespeare.
Como shakesperiano que eras,
aún lo eres, lo sigues siendo,
Tuviste un encuentro con el maestro Inglés,
Se estrecharon la mano cósmica.

Y conversaron del rey Lear,
de montescos y capuletos,
Del amor entre el veneno y la espada,
en la mañana en que Romeo, desnudo,
contempló, desde la ventana,
La naturaleza escueta e igualmente desnuda,
Antes de partir hacia la muerte o hacia la vida.

Eras carcajadas, disertador, maestro del diálogo,
Y excelente mamador de gallo.
Tu último alumno de la dialéctica ajedrecística
Fue Mesa Jr.
Después,  aquella fuerza de la vida se fugaba.
Wilson su médico y amigo se lo dijo;
Sereno escuchó el diagnóstico.

Las copas existenciales de su mano,
Expresaron diálogos  pletóricos,
Como amante de la tertulia.

Lector panzudo, religioso y triste,
Permíteme contarte un relato,
Para que lo digieras o lo vomites.

Fernando trascendente,
Cualquier mañana se despidió.

Sus libros en las cajas y en sus manos,
Lo acompañaron por el sendero de despedida.
Una hemorragia infame
ahogó la llama del gran conversador.
Su hermana lo esperaba…
Más…

Un romance súbito,
Su amiga, la que siempre fue,
Allí iba a morir, pero…
Iría a ser fugaz el momento,
Pero existencial.

Y por entre las flores hiperbóreas,
Y los cartuchos de colores ideales,
Viajaban dos seres:
El uno,  hacia el infinito,
y la otra,  hacia el  éxtasis,
adormecida por las circunstancias.

Eras el gran rebelde,
Eras Teodoro en Ibis,
Alonso esperado por Beatriz
en el monte de las ánimas.
Era la gran mujer que lo acompañó en el desenlace.

¿Te llamo un sacerdote?
¡No…,  por favor!
Déjame vivir los segundos plenamente,
Pronto descansaré,
De esta danza de ilusiones…

Eras el extranjero de Camus,
El combatiente con la vida
y con la muerte  en su agonía

Después… después…
Las aguas se llevaron
las cenizas hacia el mar,
Para encontrarse con Alfonsina Storni,
Y juguetear con ella,
además de los habitantes de las aguas.
Conservaste el número telefónico
de quien escribe un elogio,
por siempre, al amigo.

 

¡EN TI, SI, CAISSA!!!

Los escaques se repiten siempre
En el marco de la vida,
Son las noches y los días.

Cuando la tierra gira
alrededor de sí misma,
cuando alumbra,
Son la fuerza de los escaques blancos,
El ataque de sus 20.000.000º,
en su Interior,
Y sus 5.000º en la periferia.

Y cuando es la penumbra,
Son los escaques negros
que se defienden
De las arremetidas e investidas
De los escaques blancos
con su potencial de energía,
Que fuerzan a los escaques a atacar,
Con violencia infinita,
Y a defenderse con igual intensidad.

Es el Universo
un cuadrado de 64 escaques,
El marco de lo trascendental,
Las galaxias del pensamiento
Convertido en energía.

¡Oh,  diosa Caissa!, en ti sí creemos.
Tu dominas el mundo de los trebejos,
Inmersos en el marco histórico y milenario
Del juego ciencia.

Cuando jugamos al ajedrez,
Descubrimos el genio de la inmortalidad,
El espíritu que se revuelca
En violenta batalla por alcanzar la presea.

Es la ilusión de la meta,
Y es la fantasía irrigada
Por el inconmensurable mundo del éxito.

Quien no conoce el ajedrez,
No conoce la vida,
Pasa desapercibido
Por el tiempo de estadía en el planeta.

Sacrificio de dinero es poco,
Comparado con el de los trebejos
Que golpean millones de jugadas.
Treinta y dos valientes piezas,
Llenas de carcajadas y de comedias…
Como es la vida.

 

 

PensadorCarlos Fernando Rivera

Carlos Fernando Rivera, escritor y economista destacadoEconomista y Magíster en Teoría y Política Económicas de la Universidad Nacional de Colombia; ha sido colaborador en los diarios Portafolio, El Espectador, La República, en la Radiodifusora Nacional de Colombia, en las Revistas de Avianca, Cuadernos de Economía (Universidad Nacional de Colombia), Universitas Económica (Universidad Javeriana); editor de Cuadernos de Desarrollo Rural (Universidad Javeriana) y de El pan nuestro. Lecturas de Seguridad Alimentaria (Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura); coautor de Análisis y modelo de optimización del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología Agroindustrial en Colombia (Colciencias – Minagricultura) y de Producción y población avícolas en Colombia (Cega – ICA), premio Fuera de Concurso en Primer Concurso de Investigación Avícola, Fenavi. Docente investigador y consultor.

Páginas web: La página de Carlos Fernando Rivera (www.carlosrivera.blogspot.com ) y Humanidad (www.carlosfrivera.blogspot.com).

 

                           FORTUNATO

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonías?
J. L. Borges. Ajedrez

 

En memoria del Maestro Luis Augusto Sánchez
 y de “Malasuerte”, lotero de El Espectador
en los años setentas

Sus tacones sonaron en el tablado y rompieron el relativo silencio. Al entrar, algunos voltearon a mirarlo directamente y otros más lo hicieron de reojo, por los rumores que motivó su presencia. Avanzó con paso firme, casi marcial, hacia la mesa de la esquina, dejando en el piso gotas de agua que chorreaban de su impermeable negro. No miró hacia los lados, se despojó del gabán con naturalidad, como en su propia casa, y lo colocó en el respaldo de un asiento. Al quitárselo, dejó al descubierto el maletín de cuero negro que colgaba del hombro izquierdo, y el elegante traje azul oscuro, quizá de paño inglés. Descargó el maletín en una esquina de la mesa en la que alternaban los cuadros del tablero de ajedrez. Se sentó, golpeó el borde de la mesa con el anillo que ostentaba un escudo desconocido y retiró de ella un cartoncito en el que se leía: "Reservado".

Cuando acudió el mesero, todavía alguien estaba observándolo.

El hombre sacó del pequeño maletín una pipa labrada, una bolsa plástica con picadura y un estuche de utensilios metálicos, y comenzó a tacar con tabaco el barrilito de madera. Miraba hacia la puerta, por donde irrumpían de vez en cuando otros clientes empapados que se deslizaban hacia alguna mesa o merodeaban otras donde se acodaban los jugadores, sosteniendo en ambas manos la quijada, sumergidos en el laberinto de sus tableros. Miraba la puerta y la pipa alternativamente y empujaba el tabaco con un utensilio que semejaba un azadón diminuto. Le llevaron una cerveza, la caja de las fichas y un cronómetro doble.

En la atmósfera enrarecida del café se formaban estratos de humo apenas perceptibles, que se deformaban caprichosamente al paso de los merodeadores habituales que iban y venían de mesa en mesa siguiendo los juegos más interesantes. Se formaban y dispersaban grupos alrededor de ciertos tableros ocupados por jugadores de prestigio que rompían el murmullo sonámbulo del salón con el golpe seco de las fichas. Al parecer, se apreciaba esa manera violenta de cambiar las posiciones, de sustituir una ficha contraria por una propia de un solo golpe, con cierta destreza manual que imprime seguridad a la jugada.

En la mesa más concurrida, un viejo maestro internacional, alto y seco como un gancho, sacudía compulsivamente, con temblor enfermizo, el último centímetro de un cigarrillo sin filtro y apuraba con dificultad otro chupón, casi quemándose, mientras sus ojos desmesurados parecían salirse de las cuencas, perfectamente demarcadas en su rostro cadavérico. Los observadores, como él, sólo miraban el tablero.

Cuando entró el que esperaba, el jugador de la mesa de la esquina esbozó una sonrisa y pidió dos cervezas. El recién llegado casi le doblaba en edad. Pasaba de los sesenta. Una barba rala y blanquecina empeoraba su rostro rechoncho y colorado, en el que el alcohol había dejado su huella inconfundible. Se saludaron algo ceremoniosamente y al sentarse intercambiaron una sonrisa de complicidad y reto. Algunas palabras de extraña diplomacia antes de dar formación rigurosa a sus ejércitos. El impecable tomó un peón de cada bando, realizó o fingió una maniobra debajo de la mesa y adelantó los puños cerrados ofreciendo a la elección del adversario los colores ocultos. El gordo señaló el puño derecho y consiguió las blancas.

Dos muchachos que tomaban tinto mirando hacia la esquina apuraron el último sorbo y se fueron acercando con interés mal disimulado, para no perderse la apertura. Eso estimuló a dos merodeadores más que esperaban la ocasión propicia. A la tercera jugada de las blancas, el joven advirtió con complacencia que los mirones circundaban la mesa, y la confirmación de su prestigio rubricó de afectación la jugada de respuesta: avanzar el caballo y suspender de un golpe el conteo de su cronómetro –que automáticamente aumentaba tiempo en el del adversario– fue un solo acto fugaz.

En pocos minutos, la partida era una tempestad. A cada jugada tronaban sobre la mesa los golpes de madera y la mano pasaba como un relámpago sobre el cronómetro. El impecable mordía la pipa retorcida que sostenía en un extremo de la boca concentrando en ella la fuerza de los labios, a tiempo que por la otra comisura lanzaba intermitente el humo perfumado. Era la única expresión de su rostro, inconmovible ante cualquier planteamiento del enemigo. El viejo, por su parte, templaba la boca con preocupación, mientras su mano  marcaba con los dedos un galope inquietante, que tan pronto se suspendía como se agitaba violentamente, de acuerdo con la situación de las blancas, ligeramente en desventaja.

El bullicio del salón subía y bajaba en oleadas. Por momentos muy breves, se convertía en un murmullo, apenas perceptible, que dejaba escuchar el arrullo monótono del agua en los cristales empañados, donde jugaban cambiantes las luces de la antigua Plaza de Bolívar. Uno de esos silencios fue roto por dos golpes dobles en el tablero de la esquina y la voz del joven que sentenció: ¡mate!

Algunos levantaron brevemente la mirada hacia el extremo. Se alzaron las voces del corrillo en comentarios elogiosos, interrogantes y controversias acaloradas; era la explosión de las tensiones contenidas, de miradas ansiosas y, en fin, de esa pasión contagiosa que produce el juego.

Sobre la confusión del tablero, el perdedor tiró tres billetes gruesos con un ademán de indiferencia, como dando las cartas de una baraja; fueron a dar a los pies del alfil negro que completaba en sesgo la encrucijada inexorable del rey muerto. Antes de que los recogieran, surgió del montón un hombre bajito, con una gorra vieja de cuero marrón, húmeda y opaca, que le pidió al vencedor:

–¿Juega una partidita conmigo, patrón?

Sorprendido, el de la pipa lo miró de arriba abajo. Advirtió bajo el brazo del retador la caja de embolar y el banquillo de trabajo. Debió de sentir en el instante que esa condición presionaba en su contra, restándole libertad al decidir. Visiblemente incómodo, ensayó una salida:

–No, hombre... si ya me iba...
–Una no más, señor, mientras escampa... claro que me da pena.
–Yo sólo juego si hay apuesta.
–Y... ¿es mucho?
–Trescientos, por lo menos. –Y recogió los billetes del  triunfo.
– ¡Cien! –Propuso el lustrabotas.

El impecable buscó apoyo en la mirada del amigo pero éste fingió no comprender y cedió su lugar con entusiasmo al extraño aficionado.

La tirantez de la situación, lo inusitado de la escena  y los comentarios soterrados de los espectadores atrajeron a otros que se empinaban para verle la cara al viejo embolador.

La lluvia arreciaba en los cristales. Los jugadores subían el tono para hacerse oír entre el chocar de vasos en el bar, el doble golpeteo de fichas y relojes, la lluvia y sus propias voces.

El excampeón Luis A. Sánchez, personaje de este cuentoLa mesa de la esquina y la del viejo maestro internacional se repartieron los espectadores. Al paso del reloj, al vaivén de las expectativas, esos dos corrillos se engrosaban o debilitaban inversamente. El lustrabotas jugaba con las blancas. Había iniciado con un planteamiento poco común, a decir de un espectador que comentó luego la partida, y las jugadas del impecable, menos rápidas que en el juego anterior, acusaban desgano y falta de originalidad. Sus movimientos, hasta la novena entrada, estuvieron inducidos por la estrategia implacable del hombre de la gorra.

Pero quien juzgara por la expresión de los rostros se habría retirado, al comparar las actitudes. En efecto, mientras el joven, que regía sus piezas con la solvencia de un general de marras, inconmovible y certero, miraba su pipa con mayor interés que el tablero, el contendor exteriorizaba sus emociones como un niño; inclinado, desbordaba su mirada como queriendo atravesar el tiempo, observaba los ojos y las manos del soberbio contrincante o fruncía el ceño desconfiando de su caballo de vanguardia, acaso insuficientemente protegido.

Ya bastante avanzada la partida, ese tablero perdió popularidad. Un movimiento de las blancas, que resultó absurdo para la mayoría, le permitió al joven capturar una torre que hacía mucho le impedía desplegar el ataque. Con algún esfuerzo, afirmaría su ventaja sobre el embolador.

En el tablero del maestro internacional la partida tocaba a su fin. Una resistencia inútil mantenía vivo al rey contrario, pero en un par de movimientos el viejo y desgarbado veterano recibió la felicitación y el agradecimiento de su oponente. Concedió un comentario generoso sobre una deficiencia en la apertura que según él causó a la postre la precaria suerte del vencido. Seguidamente, se dirigió al corrillo del rincón arrastrando tras de sí el séquito de vagos. A su llegada le hicieron sitio en el corrillo respetuosamente. El maestro miró el tablero, luego a los jugadores, y al reconocer al lustrabotas le puso una mano en el hombro y le dijo con su voz pastosa y aflautada:

–Conque también juegas, Fortunato. A ver si lo haces tan bien como con los zapatos...

–Ahí vamos, maestro, confiando en Dios... ¡hay mate en cinco jugadas!

La respuesta cayó sobre el impecable como un chorro de agua fría. Apretó el barrilito de la pipa y se inclinó un poco, con el ceño rígido, recorriendo el tablero con una mirada de indignación. Evidentemente, no lo había advertido. Lo abochornó el bullicio del montón. Se pasó un pañuelo por el rostro sudoroso. Pero, sobreponiéndose, con aire iluminado, capturó un peón con su caballo y casi en el mismo golpe obturó el cronómetro.

–Ahora será en tres. –Anunció el embolador con alegría infantil.

Creció la algarabía. El viejo maestro, de pie, observaba la partida sonriente, sin pronunciar palabra. Entre el corrillo aventuraron apuestas exaltados, pero antes de que pudieran concretarse, las jugadas se desbocaron precipitadamente y, exactamente al tercer movimiento después de la advertencia, el embolador abandonó la partida.

Hubo silencio. El embolador sacó un rollito de billetes arrugados, extendió uno con la uña del pulgar y se lo ofreció al hombre de la pipa mirándolo a los ojos. El impecable lo apartó desdeñoso:

–No. No acepto regalos de nadie y usted me regaló la partida. –Le dijo, y su mirada era un desafío a que lo desmintiera.

El de la gorra dejó escapar una sonrisa pícara, guardó su dinero, levantó el banquillo y la caja de embolar y avanzó entre las mesas hasta perderse tras la puerta, en la lluviosa noche bogotana.

 

CARLOS FERNANDO RIVERA

 

 

El tema del ajedrez en la pluma del poeta argentino Jorge Luis BorgesJorge Luis Borges

 

AJEDREZ

 

En su grave rincón, los jugadores
Rigen las lentas piezas. El tablero
Los demora hasta el alba en su severo
Ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
Las formas: torre homérica, ligero
Caballo, armada reina, rey postrero,
Oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
Cuando el tiempo los haya consumido,
Ciertamente no  habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
Cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este  juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfíl, encarnizada
Reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y blanco del camino
Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
Del jugador gobierna su destino,
No saben que un rigor adamantino
Sujeta su albedrío y su  jornada.

También el jugador es prisionero
(La sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonías?